¿Las chanclas y caminar descalzo provocan fascitis plantar? La verdad sobre el calzado
Si buscas información sobre fascitis plantar, probablemente hayas leído recomendaciones muy distintas. Unas dicen que las chanclas son perjudiciales, otras que deberías caminar siempre descalzo y otras que el calzado barefoot es la solución definitiva. Entonces, ¿en qué quedamos?
La realidad es que ningún calzado provoca por sí solo una fascitis plantar, igual que caminar descalzo no es bueno ni malo por definición. La idea clave es si tu pie está preparado para la exigencia que ese calzado le plantea.
¿Las chanclas son las culpables de la fascitis plantar?
Las chanclas tradicionales tienen una característica evidente: sujetan muy poco el pie.
Para evitar que se salgan al caminar, modificamos de forma inconsciente nuestra manera de mover los dedos y el pie. Algunos músculos trabajan más para mantener la chancla en su sitio y la distribución de las cargas cambia.
¿Significa eso que las chanclas lesionan el pie? No, pero aumenta el riesgo.
Muchas personas las utilizan durante años sin ningún problema. Sin embargo, si pasas de llevar un calzado estable durante todo el año a caminar más con chanclas durante las vacaciones, esa nueva exigencia puede superar la capacidad de adaptación de algunos tejidos y favorecer la aparición de molestias.
Por tanto, el problema no suele ser la chancla en sí, sino la incapacidad de los tejidos a tolerar la carga que la acompaña.
¿Y caminar descalzo provoca fascitis plantar?
Desde un punto de vista funcional, caminar descalzo es la forma en la que el pie humano ha evolucionado durante miles de años. El pie dispone de una compleja estructura y musculatura, además de una gran cantidad de receptores sensitivos que le permiten adaptarse a terrenos muy diferentes.
El inconveniente es que la mayoría de nosotros no hemos crecido utilizando el pie de esa manera. Desde pequeños solemos llevar calzado que limita, en mayor o menor medida, el movimiento natural del pie.
En muchos casos encontramos punteras estrechas, suelas rígidas o zapatos que reducen el trabajo de la musculatura intrínseca del pie. Esto no significa que ese calzado sea el origen de todos los problemas, pero sí puede hacer que el pie pierda parte de su capacidad para adaptarse a determinados estímulos cuando caminamos descalzos.
Por eso, cuando llega el verano y empezamos a caminar descalzos durante horas, algunas personas desarrollan molestias. No porque caminar descalzo sea perjudicial, sino porque el pie ya no está acostumbrado a hacerlo.
Entonces, ¿qué calzado es el mejor?
No existe un calzado perfecto para todo el mundo. Un zapato muy rígido puede resultar excesivamente limitante para algunas personas, mientras que una chancla muy suelta puede exigir demasiado a un pie poco acostumbrado.
El mejor calzado será aquel que permita a tu pie trabajar de forma eficiente y para el que esté preparado en este momento.
En nuestra experiencia, las chanclas que incorporan una sujeción adicional alrededor del tobillo suelen ser una alternativa más estable que las chanclas tradicionales.
Aun así, ninguna chancla sustituye a un pie bien acondicionado.
¿Y el calzado barefoot?
El calzado barefoot o respetuoso intenta reproducir algunas características del pie descalzo: puntera amplia, suela flexible y ausencia de desnivel entre talón y antepié. Puede ser una herramienta interesante para muchas personas, pero no es una solución universal.
Si llevas décadas utilizando un calzado muy amortiguado o rígido, cambiar de un día para otro a un barefoot puede aumentar la carga sobre músculos y tendones que no están preparados para ello.
Por eso, cuando se plantea este cambio, suele ser recomendable hacerlo de forma progresiva y adaptada a cada persona.
La idea más importante, más que preguntarte si las chanclas son malas o si deberías caminar siempre descalzo, quizá sea más útil plantearse: ¿Está mi pie preparado para el tipo de calzado y la actividad que le estoy pidiendo?
Con nuestra experiencia, esa pregunta explica mucho mejor por qué algunas personas desarrollan dolor y otras no, incluso utilizando exactamente el mismo calzado.
El objetivo no es encontrar el zapato perfecto. Es conseguir que tu pie sea capaz de adaptarse a diferentes situaciones con la mayor normalidad posible.
Si el dolor persiste o limita tu actividad, una valoración individual puede ayudarte a entender qué factores están influyendo en tu caso y qué estrategia tiene más sentido para recuperar la función del pie.
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