¿Por qué empieza a doler la espalda cuando ya estás de vacaciones?

Ya has llegado al destino.

El viaje ha terminado, has deshecho las maletas y, en teoría, ahora toca descansar.

Sin embargo, pasan uno o dos días y aparece un dolor lumbar que no esperabas.

Muchas personas lo atribuyen al colchón del hotel o del apartamento. Otras piensan que ha sido por caminar demasiado o por pasar tiempo en la playa.

La realidad es que, igual que vimos en el artículo anterior, raramente existe una única causa para el dolor de espalda en vacaciones.

Durante los primeros días de vacaciones cambian muchas cosas a la vez. Y todas ellas pueden influir en la forma en la que tu espalda responde a las cargas del día a día.

¿Es culpa del colchón?

Probablemente sea el principal sospechoso.

Y, sin embargo, rara vez es el único responsable.

Es cierto que dormir en una superficie muy diferente a la habitual puede resultar incómodo, especialmente las primeras noches. Pero la evidencia científica no ha demostrado que exista un tipo de colchón capaz de prevenir por sí solo el dolor lumbar.

Lo que sí sabemos es que dormir bien es importante.

Durante las vacaciones solemos acostarnos más tarde, cambiamos nuestros horarios, hace más calor, hay más ruido y, en ocasiones, consumimos más alcohol de lo habitual.

Todo ello puede reducir la calidad del sueño.

Y un sueño de peor calidad puede hacer que al día siguiente toleremos peor los esfuerzos, nos sintamos más fatigados y aumente nuestra sensibilidad al dolor.

Por eso, cuando aparece una lumbalgia en vacaciones, merece la pena preguntarse no solo cómo era el colchón, sino también cómo has dormido realmente.

Descansar no siempre significa moverse menos

Hay personas que descansan tumbadas en una hamaca.

Y otras que convierten las vacaciones en el momento del año en el que más actividad física realizan.

Después de meses de trabajo, llegan los paseos largos, las excursiones, el senderismo, los partidos de pádel, los deportes acuáticos o las interminables horas jugando con los niños en la playa o la piscina.

Todas estas actividades son saludables.

El problema no está en hacerlas.

El problema aparece cuando representan un cambio demasiado brusco respecto a lo que nuestro cuerpo venía haciendo durante el resto del año.

Una espalda que apenas caminaba unos pocos miles de pasos al día puede necesitar un tiempo para adaptarse a jornadas de quince o veinte mil pasos.

No porque sea una espalda débil.

Dolor de espalda en vacaciones

Cualquier tejido necesita adaptarse progresivamente a nuevas demandas.

La playa también cambia la forma en la que te mueves

La arena parece un terreno inofensivo.

Sin embargo, caminar sobre una superficie inestable obliga a trabajar de forma diferente a los músculos de los pies, tobillos, piernas, caderas y espalda.

Cada paso requiere pequeños ajustes para mantener el equilibrio.

A eso se suma que solemos transportar sombrillas, neveras, mochilas o sillas por una superficie donde avanzar resulta mucho más exigente que hacerlo sobre un suelo firme.

Ninguna de estas actividades es perjudicial por sí misma.

Pero todas aumentan la carga física que recibe nuestro cuerpo.

Y si esa carga supera temporalmente nuestra capacidad de adaptación, pueden aparecer molestias.

¿Y caminar descalzo?

Durante el verano también pasamos muchas más horas sin calzado.

Caminar descalzo no debería considerarse un problema. De hecho, el pie humano está diseñado para adaptarse a una gran variedad de superficies.

Lo que ocurre es que muchas personas llevan años utilizando un calzado que limita parte del movimiento natural del pie.

Cuando de repente pasamos horas caminando descalzos por la arena, el paseo marítimo o la piscina, estamos pidiendo al pie que haga un trabajo para el que quizá no estaba preparado.

Ese cambio no solo afecta al propio pie.

También modifica la forma en la que trabajan el tobillo, la rodilla, la cadera y la espalda.

Si quieres entender mejor este proceso, te recomendamos leer nuestro artículo sobre las chanclas, el calzado y caminar descalzo, donde profundizamos en cómo el pie se adapta —o deja de adaptarse— a las distintas exigencias del entorno.

La espalda no entiende de vacaciones

Entiende de adaptación

Si hay una idea que nos gustaría que recordaras después de leer este artículo es esta:

La espalda no distingue entre un martes de febrero y un sábado de agosto. Lo que percibe son las cargas a las que la sometemos.

  • Dormir peor.
  • Caminar mucho más.
  • Mover peso.
  • Jugar a deportes que llevamos meses sin practicar.
  • Pasar horas sobre la arena.
  • Caminar descalzos.

Cada uno de estos cambios, por separado, probablemente no suponga ningún problema.

Pero cuando coinciden durante unos pocos días, es normal que algunas personas desarrollen molestias.

Por eso, dos personas pueden hacer exactamente las mismas vacaciones y solo una terminar con dolor lumbar.

La diferencia no suele estar en las vacaciones.

Suele estar en cómo de preparado estaba su cuerpo para afrontarlas.

No todas las lumbalgias se tratan igual

Después de leer los tres artículos de este clúster quizá hayas llegado a la misma conclusión que nosotros.

Hablar de «lumbalgia» es quedarse muy corto.

Dos personas pueden describir un dolor prácticamente idéntico y, sin embargo, haber llegado hasta él por caminos completamente diferentes.

Una puede necesitar recuperar capacidad para tolerar la actividad física.

Otra, mejorar la calidad de su descanso.

Y otra, simplemente comprender qué está ocurriendo para dejar de moverse con miedo.

Por eso creemos que el tratamiento no debería empezar con un masaje o una lista de estiramientos.

Debería empezar intentando responder una pregunta:

¿Qué ha cambiado para que tu espalda empiece a doler precisamente ahora?

Esa respuesta, mucho más que el diagnóstico en sí, suele marcar el camino hacia una recuperación duradera.

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